domingo, 25 de septiembre de 2016

ENTREVISTA A JUAN MANUEL URÍA





Cómo poeta, ¿escribes o reescribes?

A medida que uno cumple años tiende más a reescribir. No sólo porque regresa a textos o libros anteriores, sino porque se da cuenta que, variaciones aparte, está escribiendo siempre el mismo libro alrededor de las mismas obsesiones. Uno finalmente escribe un gran libro dividido en esos capítulos o separatas que llamamos libros. Así, el acto de escritura y reescritura se convierten en el mismo y único acto.

¿Cuál es el imaginario poético de Juan Manuel Uría? ¿Crees que el poeta, para serlo de un modo auténtico, necesita deformar la realidad?

La imaginación es la infancia que resiste. Sin duda. Mi imaginario debe mucho a esa infancia, a lo que yo pensaba e imaginaba y, sobre todo, deseaba en esa infancia. Por eso también –creo- aparece tanto la figura del niño, como símbolo y como arquetipo, en mi poesía. Pero concretando más: en mi imaginario está la mesa en la que escribo esto, muy concreta y material, y un pájaro abstracto, inmaterial y universal. Y conecto perfectamente a los dos, mesa concreta y pájaro inconcreto,  en el texto, por un hilo de correspondencias, para que ese pájaro acabe posándose encima de la mesa. Así, el imaginario será un espacio donde –como en el sueño- todos los elementos de la realidad –atendiendo a la realidad en su sentido amplio y caleidoscópico, no en el superficial— se conjugan, y donde un “una máquina de coser y un  paraguas se encuentran fortuitamente es una mesa de disección”, produciéndose lo inédito, lo maravilloso, lo poético. Mi imaginario está formado por lo que he vivido, he leído, he deseado, he soñado, y, también, por todo lo que no he leído, no he vivido, no he deseado y no he soñado, negativo que marcaría los silencios de ese imaginario, los vacíos o, como en un cuadro barroco, el negro que hace que resto del cuadro se ilumine.

En cuanto a la otra pregunta, creo que es más bien al revés: debe formar la realidad, no deformarla. Formarla y describirla y, describiéndola, recrearla. Para deformar la realidad ya están los políticos o los malos poetas. El poeta auténtico tiene el deber y el trabajo de crear y fundar la realidad, esa realidad otra de la que habla Gamoneda, inefable, donde habita la poesía. Este trabajo, como es obvio, va más allá de lo aparente, de ese primer plano de la realidad, el superficial, que sólo es uno de todos los que la constituyen. La realidad es compleja. Y ya de paso, de soslayo, introduzco aquí una reflexión: la diferenciación entre poetas realistas o no realistas es un absurdo. Todos los poetas son realistas, no pueden huir de la realidad. El problema y la cuestión es definir bien qué es la realidad, qué entendemos por realidad, y dónde pone el foco, dónde mira el poeta, qué faceta de esa realidad va a indagar y de qué modo.

¿Si pudieras no escribir...?

Pintaría, supongo. O compondría canciones. O pasearía todo el tiempo, cosa que me gusta mucho. No es un drama darte cuenta que puedes no escribir, es decir, que ya no tienes esa pulsión o esa necesidad que tenías en la adolescencia. Pierdes energía o pierdes ingenuidad, o quizá no quieres participar de ciertos aspectos del juego o del circo poético (la cucaña) que nada tiene que ver con la Poesía. O quizá finalmente todo lo explique la pereza. No lo sé. El caso es que no importa demasiado escribir o no, y si pudiera no hacerlo no lo haría. Hay que relajarse con respecto a esto. Ojo, no digo que haya perdido la pasión, no, porque sigue ahí, con fuerza. Pero se atempera, espera, y sobre todo aprende a distinguir entre lo importante y lo accesorio, entre lo sagrado y lo profano. Quizá llegue el día en que la poesía me abandone o yo la abandone a ella. Que busque otra forma de expresión o ya no quiera expresarme de ninguna forma y opte por el silencio, como hicieron otros. U opte por el noble (y envidiable a veces) “preferiría no hacerlo”, de Bartleby.

¿Sueles renegar de lo ya escrito?

No tiene sentido renegar. En su momento fue necesario lo que se escribió. Y ahí quedó. Otra cosa es estar satisfecho, lo que no sucede nunca. Pero es que creo que ningún creador que se tome con un mínimo de exigencia su trabajo, con un mínimo de autocrítica, puede quedar  satisfecho. La idea (y el creador es idealista, vive en la idea, en la imagen previa al texto o a la pintura) siempre es profanada por lo hecho. Siempre. Y lo que uno intenta es quedar medianamente satisfecho, que la idea y su concreción se emparenten un poco. Pero de ahí a renegar hay un grado. Sí reescribo, reordeno, etc., como he dicho antes. Pero desde la aceptación. Además, cuando ya publico algo es porque estoy seguro y lo he revisado hasta la extenuación. Y en esa revisión y examen, en ese proceso van quedando  muchos papeles, muchos poemas, libros enteros que van al cubo de la basura.

¿Cómo surge el poema, cómo es en tu caso el proceso de escritura? 

El poeta se iguala al obrero: el poema como la buena pared surge con mucho trabajo. Con paciencia. Con formación de años de lecturas y de poemas tachados y reescritos. Yo no soy escritor de oficina, de trabajar cuatro o cinco horas cada día, forzando las cosas. No,  mi sistema es otro y fluye más con la vida. Puedo estar tiempo sin escribir, pero sí estoy pensando, observando, paseando (ah, esos largos paseos) y atesorando elementos de un puzle que va formando el libro en mi cabeza, su estilo, su estructura (tan importante), el tono, etc. Luego sí, luego, una vez madurado en mi cabeza, lo vuelco al papel. Y después de esto, la corrección y el pulimiento, darle forma a la escultura (visualizo últimamente el poema como una escultura). La corrección me lleva mucho tiempo también. Pero no tengo prisa. Mis proyectos, cada libro, necesita de su tiempo y maduración.

¿La poesía puede ser cualquier género y puede, por tanto ser anti-poesía?

No creo en los géneros. Esto sólo sirve a los críticos y a los bibliotecarios. Tenemos miedo al caos y todo lo tenemos que clasificar y ordenar. Yo creo en los textos, en el lenguaje que, elevado, adquiere fuerza y tensión, calidad poética. Comparto la reflexión que de la poesía hizo Juan Ramón, esa que dice que la poesía puede expresarse en cualquier disciplina siempre que hunda su raíz en la esencia de la poesía. Ojo, no se confunda esto que digo con esa estupidez de que todo es poesía o puede ser poético. No, nada más lejos. “La raíz en la esencia de la poesía”. Esta es la clave, que, se exprese como se exprese el creador, tome la forma que tome, hable de lo que hable, hunda su creación la raíz en la Poesía.

¿Hermetismo o claridad? ¿La poesía comunica o emociona, si es que ambas cuestiones son excluyentes?

No son excluyentes, claro que no. Como con los géneros, dividimos la vida y lo que pasa en nuestro interior en razón y emoción, como si fueran diferentes, o no fueran de la mano, o no se entreveraran. Toda buena poesía comunica y conmueve (en ese sentido que propugnaban los superrealistas). A mí me da igual que sea de la llamada hermética (no existe la poesía hermética) o la clara (la buena poesía clara es más oscura de lo que parece). Si tiene sentido y música y contenido y provoca una conmoción, hunde su raíz en el ser, hay poesía. Y si están vacías, no son poesía y suenan a hueco, como la caja de un regalo sin nada dentro. Pero la dicotomía hermética-clara, repito, es falsa. Primero porque no se escribe en el vacío y siempre hay comunicación. Existe la poesía más compleja, sí, o que exige más esfuerzo del lector, pero no es hermética. Y con ese esfuerzo lector se irá haciendo más clara en la conciencia, casi hasta llegar a la transparencia. Y la buena poesía clara –como decía antes- esconde otras lecturas que la complejizan. Son poemas de doble fondo, con ángulos ciegos. Sí es cierto que prima en los últimos tiempos una poesía sencilla, de calidad discutible, que se confunde con la buena poesía clara (uso las categorías que me das en la pregunta para entendernos, yo habitualmente sólo hablo de buena o mala poesía, dándome igual lo demás), una poesía fácil de leer y de digerir, de consumir, de lectura pasiva. No es de extrañar, en todo caso, en una cultura donde no se premia el esfuerzo. Una poesía de mercado, que se consume, pero que no es poesía. Pero repito, este tipo de poesía (que no lo es) no tiene nada que ver con la buena poesía clara. En fin, nada que ver con la buena poesía, a secas.

La verdad, pienso a vuelapluma, y también de soslayo, so capa de lo anterior: vivimos malos tiempos para la buena poesía, la compleja (clara u oscura). Y creo que hoy pocos editores publicarían a Celan o Beckett.

 

Tanto en Transformaciones como en Las huellas del límite la prosa poética es lo que impera. ¿La sientes como un género aparte o como un género delimitado dentro de la poesía?

La poesía en prosa no es un  género, es una forma poética. La poesía es más que el verso. La poesía puede adquirir la forma que le parezca o que al poeta le parezca. A la poesía le da igual el continente. Yo unas veces opto por el verso y otras por la prosa, dependiendo de cómo quiero expresar lo que deseo expresar. Es verdad  que el poema en prosa tiene implicaciones diferentes, de estructura y ritmo; pero el poema en prosa es sencillamente un poema con una forma concreta, no un género.

Y el aforismo, que también practicas, ¿dónde lo enmarcarías?

El aforismo es un texto fronterizo con todo, muy conjugable con la poesía, el ensayo, el microrrelato, etc. A mí particularmente me permite descargar mi humor, mi ironía o mi sarcasmo, cosa que no me permite la poesía. Y como con la poesía, debe conmoverte, moverte de tu eje, llevarte un peldaño más arriba o más abajo de ti mismo.

¿Qué lecturas definirías como determinantes para ti? ¿Cuál fue su influencia en tu trayectoria como escritor?

Muchas influencias, poéticas, pictóricas, musicales; influencias vividas y leídas. El poeta lo primero que tiene que ser es un buen observador de la realidad, para desentrañarla y desvelarla, o decantarla y revelar lo poético que hay en ella.  En mi primera infancia fueron los cantautores, que escuchaba de fondo en mi casa. Su respeto por la palabra y el lenguaje, por las letras de sus canciones, me llevaron a la poesía. Luego la lectura de los clásicos, la tradición, las vanguardias, quitando lo bueno de lo malo, me han llevado a construir un canon personal ecléctico donde conviven Juvenal con Robert Desnos, San Juan de la Cruz con René Char.


¿A qué poetas de tu generación destacarías?

Pongo dos, para no extenderme: en España, por su poesía y por su labor crítica, Vicente Luis Mora; fuera de España, el poeta chiapaneco Balam Rodrigo.

Me consta que eres un viajero curioso y que en esta última temporada has estado en varios países de Latinoamérica. ¿Hasta qué grado nos son aquí desconocidas y se nos escapan las propuestas literarias que se están dando en esos países?

Seguimos teniendo en este país una tendencia centrípeta estúpida, como si fuéramos el centro de la poesía escrita en español. Da un poco de vergüenza. Hay que acabar con este nacionalismo. Romper la barrera nacional y hablar de poesía escrita en español, a secas, dando lo mismo en qué país se haga. En Latinoamérica se está escribiendo, además, la mejor poesía contemporánea. Abrir puentes es necesario; más hoy, que es tan sencillo con las redes sociales y los medios de comunicación inmediatos.

¿Cómo ves el panorama de los poetas y escritores que desde el País Vasco escribimos en castellano? ¿Cuáles son tus referentes principales?

El País Vasco ha estado y está mediatizado por cuestiones políticas que nada tienen que ver ni con la poesía ni con los idiomas euskera o castellano. Por desgracia hay quien ha querido que así sea, y durante mucho tiempo, para mayor desgracia nuestra, así ha sido. Los juegos de identidad excluyentes lo han mediatizado todo hasta el hastío. Creo que de aquí al futuro debemos trazar puentes de comunicación, crear identidades incluyentes y plurales, donde no importe el idioma en el que uno escriba, sino la poesía en sí misma.  De la misma forma que antes hablaba de eliminar fronteras en cuanto a la poesía en español, digo lo mismo con la poesía en el País Vasco: eliminar esa ficticia separación entre poetas vascos en castellano o en euskera, como si estuviéramos en países distintos. Limpiar los idiomas, esos bellos idiomas, de su contenido nacional o político. Los idiomas no son patrimonio de nadie.

Dicho esto, hay un mapa interesante que se va renovando, plural, con poéticas diversas: Karmelo C. Iribarren, José Fernández de la Sota, Jon Obeso, Emilio Varela, Eli Tolaretxipi, Itziar Mínguez, Beñat Arginzoniz, Pablo Casares, o tú mismo, entre otros. Y por supuesto, los “decanos”, que responde a tu pregunta de los referentes: Jorge G. Aranguren, Eduardo Apodaca, Carlos Aurtenetxe, Javier Aguirre Gandarias o el recientemente fallecido Pablo González de Langarika, sin olvidarme del gran Juan Larrea. Y sigo con mis reflexiones a vuelapluma: que Bilbao o, por extensión, el Gobierno Vasco, no haya dedicado una calle o una casa de cultura o un homenaje, en fin, no reivindique a Juan Larrea como uno de nuestros grandes poetas y pensadores, es definitivamente miserable e indicador de lo que ha pasado y sigue pasando en este país.


Como editor, ¿a qué poeta o escritor consagrado te gustaría tener la oportunidad de publicar?

Sin duda, a Antonio Gamoneda.

¿Nos obsequiarías con un aforismo que hiciese las veces de poética y con un poema inédito?

Te doy cuatro aforismos:

“Para el cuentista cada comienzo es un Érase una vez. Para el poeta es un Abracadabra”.

“El poeta saca las palabras del diccionario y las pone a bailar como peonzas de luz”.

“Las cosas siguen esperando todavía un nombre mejor”.

“El buen aforismo, como el buen poema, es un rasca y gana”.

Y el poema, perteneciente a un libro en formación de título “La belleza fragmentada”, y que elijo porque resume algunos aspectos de la entrevista, y porque también funciona como poética:


El poema de  líneas curvas
que tensa el lenguaje
                       y el pensamiento
y nos lleva al corazón
          vivo

de la realidad.


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