martes, 6 de septiembre de 2016

"Pessoa, pajarita y sombrero" de Jesús Marchamalo



A estas alturas el público lector tiene conocimiento suficiente de la relevancia de la figura que como poeta y como personaje al filo del siglo XX ha tenido el portugués Fernando Pessoa.  Es tierna la miniatura que de él hace Marchamalo para Nórdica, nunca caricaturesca; un homenaje sentido por Pessoa, compasivo, escrito bajo el auspicio de una devota admiración. Las anécdotas se suceden hiladas al curso biográfico del poeta; casi todas son conocidas: la infancia en Sudáfrica, su abuela materna Dionísia, tocada por el hada de la locura cíclica; la correspondencia y el amor platónico por Ofelia, las inversiones en imprentas, las revistas que fundó, el alcoholismo, el miedo a las tormentas. 


Jesús Marchamalo, como antes lo hiciera con Baroja y con Kafka, vuelve a demostrar sus dotes para resumir con una prosa bella y elegante, en unas pocas páginas, las peripecias vitales del que posiblemente ha sido el mayor renovador de la poesía moderna europea. El libro es una conversación entre literatura biográfica y arte, donde la escritura descriptiva de Marchamalo se deja invadir por las impresionantes imágenes en blanco y negro del polivalente artista Antonio Santos (Huesca, 1955).  No sé si el libro, de formato pequeño, pero de lectura cómoda y con letra grande, se podría considerar una novela gráfica: sí que es, en todo caso, una narración ilustrada. La colaboración entre Marchamalo y Santos se inició en La Vanguardia. Juntos fueron los responsables de una estupenda colección de escritos llamados Historias privadas de libros y autores, en los que el escultor y pintor oscense retrató a variopintos e ilustres personajes de la literatura: Joyce, Nabokov,  o Woolf, entre otros. 

El Pessoa de Jesús Marchamalo es un caminante, un flâneur pero distinguido y a la portuguesa, que pasea presuroso por las calles y barrios de Lisboa (La Baixa, El Chiado o el Barrio Alto) a resguardo de la lluvia con su sombrero típico, abombado, con gafas y con la pajarita, mal anudada, lacia como un pájaro muerto sobre el cuello de la camisa de un blanco nuclear -en palabras de Marchamalo-, el paso resuelto, airoso, diríase marcial bajo la gabardina, como una estatua premonitoria de sí mismo.

De su infancia describe Marchamalo que era "un niño enfermizo, de constitución endeble, (...) la pasó con anginas, toses huecas, estornudos y olor a linimento; las costillas marcadas en el pecho, la piel de una palidez inmaterial y los ojos oscuros, húmedos como el clima, y marcados por una sombra de fatalidad, pelo corto y labios apretados." El portugués perdió perdió  con cinco añoos a su padre, Joaquim de Seabra Pessoa, funcionario de la Secretaría de Estado y crítico musical del Diário de Notícias, víctima de una tuberculosis. A Pessoa le gustaba la música, pero, por encima de todo, estimaba el valor de los libros. Su madre, eso se cuenta, escribía versos. Pessoa invierte el dinero de la herencia de su abuela Dionisia en comprarse una pequeña imprenta: Empresa Íbis. Tipografía Editora, en el barrio de Gloria. Años más tarde volvería a retomar la tentativa de empresario con la editora Olisipo. El alcohol y la soledad fueron compañeros inseparables en su vida rutinaria de oficinista y de traductor por encargo de asuntos burocráticos. "Tuvo desde pequeño, siempre a su alrededor, una constelación de espectros protectores" apunta Marchamalo. Escribía sin cesar y guardaba todos sus legajos en el viejo y ya famoso arcón, amarillento, del mismo color que sus dedos teñidos por la nicotina. Tal vez huraño y peculiar al trato, Pessoa era un fumador empedernido que frecuentaba con cierta asiduidad las tascas y vinaterías de la ciudad. Murió en el Hospital de São Luís dos Franceses de Lisboa, posiblemente de una hepatitis fulminante,  recién afeitado, sin la pajarita torcida y pidiendo que alguien le acercara sus gafas. (¿Cómo se iba a perder su vista ese momento?)

Nórdica -y el dúo Marchamalo-Santos están dando fruto anual de biopics de grandes escritores. Esperemos que con Pessoa no se cierre la serie y que pronto (eso sí, habrá que esperar a invierno, que es cuando los publican) salga un nuevo libro-objeto como éste para sumarlo a la estantería.

                                  
Aitor Francos








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