sábado, 1 de abril de 2017

ENTREVISTA A JUAN CARLOS BAUTISTA



Coincidiendo con la reedición de uno de las primeros libros de poemas, Cantar del Marrakech (lo publica ahora la editorial Frac de Medusas) y de su reciente estancia en España, entrevistamos al poeta mexicano Juan Carlos Bautista.


¿Quién es Juan Carlos Bautista?  ¿Cómo definirías tu obra? ¿En qué género literario o artístico te sientes más cómodo?

La pregunta es aterradora, ¿quién puede decir quién es él mismo sin temor y sin desmentirse enseguida?  Uno debería, por decencia, definirse por lo que hace, pero también ahí es un poco complicado porque he hecho un poco de todo y de nada. He sido periodista, militante gay, burócrata universitario, promotor cultural, editor, restaurantero y cantinero. He escrito poesía, crónica, ensayo, novela, he pintado, he dirigido un video documental, en fin, soy un perfecto diletante. Nada de lo que he escrito lo he hecho con la suficiente asiduidad como para que se me considere practicante serio de nada. Algunos me dicen poeta, pero solo he publicado tres libros de poemas y tal vez eso no sea suficiente para ganar el derecho de oficio. Pero es la poesía donde me siento, si no más cómodo, al menos más dichoso, por decirlo de un modo paradójico porque entonces la felicidad tendría que asociarse al escrutinio de la desdicha. 

¿Supersticiones al enfrentarte a la escritura? ¿Escribes a mano? ¿Cuál ha sido el último verso que has apuntado en alguna cuartilla de bolsillo?
  
La superstición más insistente es la esterilidad, el miedo ante una hoja vacía que parece decirme, otra vez, “no vas a poder”. El trabajo debería salvarme de esa superstición, pero siempre hay tantas cosas urgentemente inútiles y bellas antes de ponerse uno a trabajar…
Antes, de joven, escribía a mano siempre. Tal vez por eso mis textos eran tan corporales. El tránsito de la escritura manual a  la máquina de escribir y de ahí al ordenador delata solamente que he envejecido lo suficiente para que la tecnología me diera alcance. Últimamente he vuelto a escribir en cuadernos, en desorden, de manera deshilachada y fugaz, pero lo cierto es que hoy me siento más cómodo ante un teclado que ante un bolígrafo. Uno tiene la superstición de guardar cada papel (algo que a la larga solo conduce a la extrañeza y a la decepción); en cambio, el teclado del ordenador te da la posibilidad de borrarlo todo de un dedazo y olvidarte. Creo que el último apunte que hice es este: “La ciudad es el viento en la cara que se aleja”.

¿Qué peso tiene -la impresión es de total omnipresencia- la imagen, lo puramente visual, en tus poemas? ¿Mostrar es definir? 

La imagen para mí es importantísima. Es necesario reconstruirla en el poema para tener el consuelo de “lo real”. Como en el cine, que es sueño, es la imagen –como metáfora, como símil, como narración- la que nos convence de que todo es cierto, de que nuestro cuerpo es verdadero, de que fuimos visitados por la belleza, por la tristeza, por el horror. La imagen es el rastro de lo real. Como un dedo que se marca en el polvo. Y no, no creo que la imagen alcance a definir, mejor que no lo haga. Está ahí para ser vista, para buscar su sitio en la memoria, es decir, para ser soñada otra vez, imaginada de nuevo.

Tu poesía está impregnada de sexualidad. ¿Crees que conviene intelectualizar lo erótico?

Nunca he querido intelectualizar el erotismo, la sola idea me repugna. No sé ni siquiera, a ciencia cierta, qué es el “erotismo”. Si, como solemos hacer, es una intentona de reproducir el placer y la belleza carnal, entonces es un afán ridículo y estéril que suele desembocar en la cursilería y en el humor involuntario. Si lo acometemos como ejercicio intelectual, solo puede ser delicioso en tanto pensamiento perverso, donde lo central es cómo se piensa y no cómo se folla.
Me gusta mucho más la palabra sexualidad porque no pretende nada, porque es un dato solamente. La sexualidad “está ahí”, nada más, es inevitable porque el cuerpo es el territorio donde todo ocurre. Sucede que me gustan los hombres y que el sexo es para los de mi especie un motivo de inestabilidad, de identidad, de duda, de exclusión-inclusión, de reflexión, de miedo, de alegría y de desdicha. Es decir: de todo. El sexo es todo. No es que yo lo invoque: el sexo está ahí aunque le huya y aunque él me evada.


¿Hasta dónde es lícita la cualidad de lo ininteligible y lo hermético en la poesía, esa vocación de tantos poetas por hacerse indescifrables?

Quiero pensar que todo se vale, que todo puede ser verdadero. Me gusta un mundo lleno de distintos y de extraños, también en la poesía. Lezama escribió: “solo lo difícil es estimulante”. ¿Pero es lo hermético solamente el sentido que se esconde, lo secreto y lo difícil? ¿No es difícil, de otra manera, incluso brutal, un poeta tan claro y directo como Cernuda? La claridad es un deslumbramiento de lector, pero poeta claro no hay ninguno, porque el sentido de un verdadero poema muta y se complica en cada nueva lectura. La felicidad del ciempiés es la encrucijada, tenía razón Lezama. ¿Pero qué hay en la encrucijada? La disyuntiva es infinita. En poesía me gustan todos los extremos, me gustan Lezama y Cernuda. Me gustan incluso las cancioncitas de Lorca. Me gusta mucho Paz, que es tan antipático de muchas maneras. Yo soy un poco promiscuo en eso, como en todo. Como a Mae West, que le gustaban solo dos tipos de hombre: “los que tienen músculos y los que no”, a mí me gustan toda clase de poetas, a los que entiendo y a los que no.


Recuerdo un haiku de Taneda Santoka: "Mi cuenco de mendigar / acepta hojas caídas." ¿Vienen así los versos, como hojas que van cayendo desde un árbol y que tenemos que dejar que el cuenco recoja? Cuando vas intuyendo el poema, ¿lo primero que se te presenta es la música, el engarce de palabras o te prendes de un hilo más intuitivo y visual? ¿Todo poema es deliberado, esto es, fruto de una premeditación y o pre-intuición y de tener un sentido final unitario?

Del proceso creativo y de la lógica interna de un poema es de lo que menos puedo hablar. Siempre ha sido un secreto para mí su gestación. Me he pasado años sin escribir poesía y lo acepto como inevitable, porque mi concepción de ella está entregada al espíritu dionisiaco y a la revelación. Es algo que no depende de mi voluntad. Si dependieran de ella habría hecho versos menos sucios, que pudiera leerle orgulloso a mi madre. Habría escrito un libro para Víctor, que es lo que más amo. Pero escribo cosas que se levantan incluso contra mí. Ciertos lectores, cuando me conocen en persona, se decepcionan visiblemente porque tal vez esperaban a un tipo más salvaje, a un travesti desbocado, a alguien más retorcido que a este hombre con el que se encuentran, tan educado, tan gentil, vestido de una manera tan poco llamativa, y que parece contradecir su propia escritura. Claro que me hubiera gustado ser de la casta de Wilde, de Warhol, de Dalí,  pero no me tengo mucha confianza. No soy fascinante. Por eso eso es un alivio más que un don aspirar a que sea otro el que habla a través de uno.
Me gusta el haikú de Tanedo Santoka que mencionas, esa mendicidad ante el árbol. También me gustan los versos de Joyce Kilmer: “Los poemas son hechos por personas como yo./ Pero solo Dios puede hacer un árbol”. Nadie podrá hacer algo más bello que un árbol. Me gusta la imagen de que somos pobres gentes con el cuenco entre las manos esperando a que caiga la hoja del fresno. O del liquidámbar, solo por el placer de que caiga la palabra liquidámbar. Solo la poesía tolera esa inconciencia y esa mendicidad, todo lo demás exige trabajo. El poema cae como un rayo, un día, de pronto. O no cae. Puede uno pasarse la vida leyendo y ensayando poemas, pero tal vez la poesía no llegue nunca. No podemos esperar que la poesía nos sirva a los poetas. Nosotros somos sus criados, y es posible que nos pasemos la vida tallando sus pisos sin que la señora se digne a vernos.

¿La poesía es un sentido, una alucinación o trance que está muy por encima de los poetas?  ¿Cuál es para ti el tema de la poesía?

Creo que lo que dije antes contesta un poco la pregunta. Solo debo añadir que tampoco es que crea que el poeta es un holgazán –que sí, con frecuencia. Los sirvientes de la poesía debemos ser trabajadores y concienzudos. Solo que eso no garantiza nada.

¿Reescribes mucho, te obsesionan las correcciones?

Sí, reescribo y corrijo obsesivamente. Soy muy inseguro. En eso consiste  mi trabajo de poeta. No en hacer que caiga el rayo, sino en decir “aquí cayó un rayo¨ y lograr que los demás se lo crean. Para eso, intento una estrategia y otra, busco palabras, pruebo sonidos, acoso a las imágenes hasta fijar aquella que juzgo que es el mejor rastro. Eso implica, incluso, ir de un género al otro. El Cantar del Marrakech quiso ser primero una novela y, derrotada, volvió a ser poema. Antón Arrufat me dijo una vez que yo le gustaba más como narrador que como poeta, que mi novela Paso del Macho era mi mejor poema. Corregir es una enfermedad. Uno no sabe cuándo detenerse y sigue, y sigue, hasta matar el poema incluso.

Al leerte la sucesión y el galope de imágenes resulta caudaloso y trepidante ¿El poema avanza desde un comienzo desbocado o intentas controlarlo del algún modo?



Es verdad que tengo esa apariencia desbocada pero desconfío mucho de ese impulso. El primer borrador es el decisivo. Si tiene fuerza al leerlo después de unos días eso me indica que debo trabajar en él, me sugiere el tono y las posibilidades del sentido. Tener demasiadas imágenes casi siempre es un problema. Me olvidaba decirte que uno de mis trabajos favoritos es el de jardinero. Amo mi jardín, tanto o más que a mi biblioteca. En el fondo se parecen mucho: ambos exigen un amoroso cuidado, una curaduría secreta, una narrativa. Cada libro y cada planta es un asombro único. Como la biblioteca, el jardín puede verse de un solo golpe, de conjunto, pero el jardinero sabe que cada planta exige un cuidado, un diálogo, una morosidad. Así el poema: uno debe dejarse llevar por su intuición y cierta maña para saber en qué momento hay que dejar que prolifere y en qué momento es necesario podar. 

¿Es suficiente el soporte del lenguaje verbal ya existente o el poeta debe procurar inventarlo o transformarlo?

Bueno, sabemos que la materia del poeta como artista son las palabras. Es un material extraordinariamente vivo y complejo. ¿Debemos inventarlas? No, las palabras son un patrimonio común, hechas por el genio colectivo. Salvo los tecnicismos, que suelen ser horribles, no está claro cómo nacen, pero si han de sobrevivir es porque nacieron hermosas, eficaces. ¿Debemos transformarlas? Bueno, sí, ¿pero cómo? ¿Debe atreverse uno a barbaridades como “soledumbre”? No, por favor. Uno debería trabajar en las combinaciones, en las infinitas combinaciones, en los matices, en las sutilezas. Hay que descubrir lo que quieren decirnos las palabras. Cuando un poeta, un gran poeta, logra decir algo importante, algo nuevo, no es un descubrimiento sino un redescubrimiento: la gente lo ve como algo que siempre estuvo ahí. Las palabras vuelven al patrimonio común. Bradley decía que uno de los grandes efectos de la poesía era esa impresión que da no de descubrir algo nuevo, sino de recordar algo olvidado. Conozco la idea por Borges, que la cita en su famosa conferencia sobre el trabajo poético y que nos advirtió que las obras maestras a menudo son hijas del azar y de la negligencia.  

En una entrevista explicaba Pere Gimferrer que él intentaba ser siempre el mismo poeta pero sin escribir nunca el mismo poema. ¿Se puede no escribir siempre el mismo poema?

No lo sé. Me da la impresión que un poeta escribe siempre un solo poema en muchos fragmentos. A veces parecen tan distintos pero en el fondo es como si nacieran del mismo tronco. Uno solo tiene un cristal para ver las cosas, ¿para qué quieres más?

 ¿Cuáles serían tus próximos proyectos, los más inmediatos?

Acabo de terminar un libro, Animales venéreos, que es un bestiario, un conjunto de cuentos y fábulas de moral retorcida, donde el sexo, de pronto, es nuestra posibilidad de volver al animal que somos y el amor la urgencia de destruirlo. Tengo en el escritorio dos novelas que ojalá lleguen a terminarse. Y un libro de poemas, El horroroso caso, que guardé mucho tiempo en el cajón y ahora publiqué parcialmente en una antología. Son textos inspirados en la nota roja y movidos por la violencia que azota a México. Ya es un libro viejo. Cuando empecé a escribirlo ningún poeta hablaba del asunto, ahora parece que cada poeta mexicano siente la obligación de escribir un texto sobre la violencia. Si lo he guardado tanto tiempo ha sido por inseguridad y porque temía ser oportunista. Ha pasado tanto desde entonces, muchas muertes, mucho dolor. El dolor ajeno exige respeto. Luis Felipe Fabre me dijo que ese libro iba a acabar publicándose cuando la violencia se acabara, cuando ya no fuera tema. Es una ironía, pero no me parece un mal contexto. Ahora tal vez lo publique entero porque me he dado cuenta que el verdadero tema del libro no son los saldos de la violencia, no son los muertos, a los que nunca me sentiré capaz de honrar como se debe –porque la única manera es la justicia, que no está entre las posibilidades del poema-, sino el miedo. Es decir, mi propio miedo, algo que conozco íntimamente, que es el costo que yo he tenido que pagar por vivir en México. De eso sí me siento capacitado para hablar.

¿Lees a poetas españoles actuales? ¿Qué es lo que llega hasta tu país?

No, desgraciadamente no conozco casi nada de la poesía española actual. Es una desgracia, pero la poesía iberoamericana, en la era de la internet y de las redes sociales, está más aislada que nunca.


¿Cuáles son tus lecturas de cabecera y tus preferencias? ¿A qué poetas mexicanos aconsejarías leer en este momento? ¿Nos descubrirías algún nombre?

Las lecturas van renovándose con el tiempo y uno va cambiando sucesivamente de amores. Pero quedan los de siempre: Góngora, Quevedo, Sor Juana, Lezama Lima, Virgilio Piñera, Whitman, Pound, Pessoa, López Velarde, Villaurrutia, Novo… Ahora, con los festejos de su centenario, he releído a Juan Rulfo, que sigue siendo el mayor poeta mexicano del siglo XX, aunque haya escrito en prosa.
Leo con interés y envidia a muchos poetas jóvenes, que admiro: Luis Felipe Fabre, Sara Uribe, Óscar David López, Yaxkin Melchy, Sergio Loo, Hernán Bravo Varela, Maricela Guerrero, Paula Abramo…Son poetas interesantísimos que están renovando la lírica, que aquí se había vuelto un salón de preciosas ridículas.


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